“¿Qué es el
amor?”
Pregunta sencilla, y a la vez
compleja, que ha rondado mi cabeza desde que tengo uso de razón. Tantas
hermosas historias se han creado entorno a esta palabra, a este sentimiento,
que consideraba prácticamente imposible poder sentirlo. Era un inalcanzable
para mi mente soñadora y mi corazón inestable. ¿Cómo una persona iba a añorar tanto a otra hasta el punto de dar su
vida por ella? ¿Cómo un ser sería capaz de
todo por otro? Dudas y más dudas que desde pequeña rondaban mi cabeza
atolondrada, maravillándola. Yo quería sentir eso, yo quería vivir por otro,
dar todo por ese otro.
Hoy. Día nublado y cálido; día
de gloria y dolor; día amado y odiado; día de sonrisas y lágrimas; día de
besos… besos de amor y despedidas. Hoy, que estoy apunto de cerrar el libro con
una sonrisa, miro atrás y suspiro aliviada, porque sí, amé y fui amada. Amé
como nunca pensé amar. Entregué todo y no me detuve a pensar, a soñar; solo
viví, disfruté y no dejé de grabar todos nuestros momentos… eternos… únicos… en
mi cabeza, en mi corazón y en mi alma. La misma cabeza de niña soñadora que
consideraba el amor un misterio. El mismo corazón indeciso. Y la misma alma
libre.
Siento tu cálido aliento
rozando mi oreja, con ternura y congoja. Siento el susurrante latido de tu
corazón golpeando mi espalda. Siento, claramente, el agua tibia del mar
acariciando mis piernas. Siento tus brazos… tus brazos, siempre fieles, siempre
protectores, siempre míos. Los siento transmitiéndome seguridad. Pero también
siento dolor y miedo, no puedo negarlo. Un dolor que no tiene nombre, que va
más allá de lo físico. Es el dolor de dejarte, de haber luchado y sentir que
estamos perdiendo. Dolor frío y atemorizante. Dolor que comienza a congelar…
dolor intenso. Y no quiero seguir sintiéndolo, quiero que prevalezca el amor,
nuestro amor.
“Jamás te
soltaré”
Es un simple susurro.
Esperanzador, renovador. No sé como más expresar lo que logras transmitirme con
un simple susurro. Sigo estremeciéndome como aquella niña sonrojada ante tu
mano salvadora; como la adolescente sorprendida por tus labios impulsivos y dulces;
como la mujer enceguecida por la belleza de tu alma. Sigo sintiéndote especial,
idóneo.
Apoyo mi mentón débilmente
sobre tu brazo, deposito un beso delicado, acompañante fiel de mis lágrimas
cristalinas y suaves. No quiero soltarte, por Dios. Percibo tu miedo también.
Lo siento en el flujo intenso de tu sangre, en los leves temblores de tu
cuerpo; y me estremezco. No soporto la idea de dejarte.
“La cadenita”
La voz débil y carrasposa de
una extraña emerge de mi garganta, no se parece a la mía pero deduzco que lo es
porque expresa precisamente lo que estoy pensando. La gargantilla. Inmediatamente siento tus dedos fríos rozando mi
cuello. La brisa de la costa me acaricia, serena, majestuosa, sublime. Tus
labios me regalan el más dulce de los besos en aquella zona de mi cuerpo
moribundo. Sonrío, utilizando las pocas fuerzas que me quedan. Aún tengo los
ojos cerrados, pero sé que tus dedos están cumpliendo nuestro hermoso ritual.
El mismo que hicimos cuando nos reencontramos después de pasar tanto tiempo separados.
Aquella unión simbólica de esas gargantillas que colgaron de nuestros cuerpos
desde los ocho años. Desde el día en que dijimos adiós entre gritos y lágrimas…
el día en que nos separaron. Increíblemente, hoy nuevamente nos separamos,
aunque esta vez el sabor es dulce. Es el sabor de la buena batalla, de la
entrega total. Porque si hay algo que agradezco es tu insistencia y
perseverancia, tu eterna sonrisa y hasta la arrogancia con la que me
perseguías. Esa terquedad con la que luchaste contra el mundo, pasando por alto
padres, hermanos, amigos, enemigos. Todo… por mí.
¿Cómo no sentirme amada? ¿Cómo no amarte como te amo, eterna y
completamente?
Desprendes con delicadeza mi
gargantilla de oro blanco y diamantes, esa que es poseedora de un pequeño corazón.
Quizá para muchos sea simplemente una joya más, costosa y común. Pero para mi
no, para mi es algo increíble. Es el símbolo de nuestro amor, de nuestra lucha.
Lo colocas con cuidado en mi mano temblorosa y la acercas a la tuya. La
recuerdo perfectamente, aun sin mirarla, tengo grabada la imagen de aquel
círculo perfecto en mis parpados, como el verde intenso de tus ojos hermosos.
Sé claramente que el círculo se abre a la mitad, que mi corazón encaja
inmaculado dentro, y que al cerrarse… lo protege, como tus brazos a mi cuerpo. Tal
como ese círculo de metal forjado cuida al pequeño y débil corazón, así es como
tú has hecho conmigo. Desde el día en que tu mirada hizo contacto con la mía,
aun habiendo millones de personas entre nosotros. Desde el día en que todo a
nuestro alrededor dejó de tener sentido. Desde el preciso instante en que mi
mundo comenzó a girar por y para ti.
No amarte sería un absurdo, una
locura. Si aun no teniendo memorias tú seguías en mí, ahí, en lo más profundo
de mi magullado corazón.
“Ahora es tuya”
Siento tus lágrimas sobre mi
pelo. Solo Dios sabe cuan difícil es este momento. Tu mano acaricia la mía lentamente,
mientras la otra abre el círculo. Unes el corazón y lo cierras con nuestras
manos unidas, generando un momento épico, divino, mágico. De la misma forma siento
tu alma uniéndose a la mía y sigo envuelta en tu abrazo protector… Y… y ya no tengo miedo. Porque sé que a
pesar del tiempo, la distancia y la muerte, hemos ganado y seguiremos ganando.
No fue en esta vida, pero en todas las que vengan lo seguiremos intentando. Te
buscaré, como lo hiciste tú y lucharé hasta el final, porque de ti aprendí.
“Soy tuyo. Por
siempre, ángel”
Me estremezco y
sonrío con la cabeza acurrucada en tu cuello. Con tus brazos apretándome fuerte
y ese aliento tan tuyo acariciándome el alma. Me estremezco. Porque tu corazón
casi me grita que no lo abandone, con la forma en que ha comenzado a latir. Me
estremezco porque este amor ya no me cabe en el cuerpo, porque estoy débil y
necesito descansar. Necesito que me cargues sobre la espalda como siempre.
Necesito de ti.
“Te amo…”
“Gracias por
enseñarme lo que es amar”
No tengo fuerzas, no puedo más.
Quiero pero no puedo seguir. Ya no me quedan lágrimas y comienzo a gemir por el
dolor, aunque ahora solo es físico. Sé que quisieras ser tu quien cargara con
él, pero no importa, ya está acabando.
Olor a sal. Brisa marina. Ruido
de olas al romper. El mar entre nosotros. Día nublado. Arena suave. Abrazo
eterno. Dos personas, corazones, almas. Una historia. Un amor. Un final…
¿Qué es el amor?
Durante mucho tiempo me pregunté lo mismo. Y hoy que te veo a la distancia,
sublime y hermoso, con mi cuerpo sobre la espalda; con aquel círculo con un
corazón en medio colgando del cuello; con el rostro bañado en lágrimas, pero
con una sonrisa… lo entiendo. Amor eres
tú. Es tu sonrisa eterna y tu mirada sincera. Es tu voz cantándome al oído
“nunca te olvidaré”. Es tu mano firme sobre la mía. Es tu abrazo fuerte y
protector. Amor… amor eres tú corriendo tras mi auto y gritando que no te deje.
Amor es lo que me hiciste sentir el día que fuimos uno. Es el corazón latiendo
a mil por horas. Es el mar acariciándonos bajo la noche estrellada. Amor no es
otra cosa que tu alma encajando perfectamente con la mía. Es saber que más allá
de la muerte hay esperanza. Amor es luchar, entregar, pelear y ganar; aunque
todo se venga abajo, aunque todos digan que has perdido. Amor es mirarte a los
ojos y sentirme plena… feliz. Tuya.
Solo me resta darte las
gracias, porque solo alguien como tu podía enseñarme el verdadero significado
de esa palabra llena de magia.
Te amo. Y lo puedo decir con total libertad,
porque sé perfectamente lo que significa y lo siento sincero. TE siento y te
sentiré, por siempre. Amor.